El hambre de los yerbatales
Dice la leyenda que un hombre tan viejo como pobre abrigó en su choza a un peregrino hambriento y entre los dos mordisquearon el único pan, solitario, sobre la mesa. El viajero era Tupá. “Porque tuve hambre y me diste de comer”, le habrá dicho el dios guaraní, que no era Cristo pero compartían dones. Y a cambio le regaló una planta que sería “calmante de la sed, compañía para las horas de soledad y generoso tributo para las visitas”. Era la caá.
Fue yerba mate con el correr de los siglos y a la hora de la ronda, del agua puesta a punto, del chorrito que cae en el lugar preciso, del sabor que tiene alma y vuelo de Tupá, siempre en el fondo subsiste la amargura.
El suplicio de Héctor Rafael Díaz, de dos años y un olvido que le taló la vida hizo asomar apenas a Misiones de aquella postal de tierra roja, feraz y voluptuosa. Y, tímidamente, la irrumpió en la cara oculta de la pobreza extrema y de los niños que mueren por desnutrición en la tierra donde bulle la riqueza. Milagros Benítez murió días después. También estaba inscripta en el programa Hambre Cero del gobierno de Misiones y también murió de hambre heredada, como Héctor. Como casi 250 chicos en el año. Como pueden morir los 48 bebés en estado crítico, apenas números -sin caritas ni costillas marcadas ni pulmones cargados- en las planillas del Estado. Como los 6.000 que están en peligro, según las cifras oficiales que tienen la costumbre de reducir los números cuando se convierten en dedo acusador.






