Guatemala y los pueblos Mayas: cambiar algo para que no cambie nada.
Por Marcelo Colussi
“Naturalmente vagos y viciosos, melancólicos, cobardes, y en general gentes embusteras y holgazanas. Sus matrimonios no son sacramento, sino un sacrilegio. Son idólatras, libidinosos y sodomitas. Su principal deseo es comer, beber, adorar ídolos paganos y cometer obscenidades bestiales. ¿Qué puede esperarse de una gente cuyos cráneos son tan gruesos y duros que los españoles tiene que tener cuidado en la lucha de no golpearlos en la cabeza para que sus espadas no se emboten?”, decía el Capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, cronista de la colonia española del siglo XVI en su “Historia general y natural de Las Indias”, refiriéndose a la población maya originaria del territorio que hoy se conoce como Guatemala, en Centroamérica, cuna de una de las grandes civilizaciones de la historia.
Años después, en 1894, según el Decreto 243 del general José María Reyna Barrios, presidente de la República de Guatemala, territorio ya constituido como país independiente, con fecha 27 de marzo y refiriéndose a los terratenientes cafetaleros de la época, se establecía que “el patrón (…) podrá retener o poner en depósito provisional los haberes en especie, animales u objetos que la ley embargar permite y que pertenezcan a un colono [mozo campesino, peón de finca] que haya huido o dé señal inequívoca de querer huir sin estar solvente con el patrón. Los patrones (…) podrán perseguir a los trabajadores fraudulentos que no hubieren cumplido sus compromisos y las autoridades designadas en esta ley están estrictamente obligadas a expedir órdenes de captura y facilitar los medios que están a su alcance para su aprehensión”.






